La esperanza muere al último

"Dawn" (1871), por Simeon Solomon. De Birmingham Museums Trust en Unsplash.

Por Olga Pozos.

«Yo ya habito en una pesadilla y ni en sueños encontraría escape» Ese fue mi primer pensamiento matutino mientras cepillaba mis dientes y me miraba a través del espejo. Abrí mi armario y tomé lo primero que encontré. ¿Qué importancia tenía mi decisión de vestir? ¿A quién le importaban las miradas y los juicios cuando todos eran iguales ante mis ojos? Cerré el departamento, tomé las llaves del carro, bajé las escaleras, miré a lo lejos el automóvil, suspiré y me dirigí a él sin grandes expectativas de mis próximas vivencias del día.

Ingresé la llave en la cerradura y, cuando me disponía a girarla, escuché el sonido metálico de un arma detrás de mi cabeza. – Apártate de las llaves, levanta los brazos y quédate quieto –, dijo el compañero de quien sostenía la pistola. Me sorprendí de mi propia actitud, por dentro me encontraba completamente aterrado, nunca había tenido esa sensación, pero por fuera era un bloque de hielo. No había expresión o sentimiento en mi faz, no había interés por la situación. Sólo actué como lo habría hecho un robot, actué mecánicamente. Me aparté de la puerta del auto y mi mirada se encontró con la del portador del poder. Lo miraba fijamente sin ninguna expectativa o sentimiento, sé que uno no debe ver al otro directamente, me lo han dicho, pero en ese momento no me importaba. Hice lo que mi voluntad deseaba, una voluntad cuyos propósitos me eran desconocidos.

Lo siguiente ocurrió rápido, por eso lo último que recuerdo con claridad era la mirada de aquel hombre de tez oscura que sólo denotaba un odio irracional, o quizá racional, eso nunca lo sabré, hacia mi persona. Abrieron mi carro y me tomaron de los pelos como a una bestia incontrolable, con fuerza me dieron un golpe en la cara y después con un arrebato más grande me arrojaron dentro de los asientos traseros del carro.

Después de esto ya no tengo memoria, siendo que perdí la conciencia al golpearme con la puerta contraria después de ser introducido al carro.

Cuando desperté me encontraba solo, en un bosque que nunca antes mis ojos o mis otros sentidos habían presenciado. No me podía mover, y a los segundos de tomar conciencia entendí que se debía a que estaba atado a un árbol. Mis brazos se encontraban rodeando el tronco, sentía un gran dolor en mis manos, pero al no poder observarlas no sabía a qué se debía. Tampoco sentía movilidad en ellas, entonces el tacto no me serviría para detectar el problema. Mis piernas, al aire, siendo que no llegaban a tocar el suelo, también estaban amarradas. No tenía sensación o capacidad de moverlas, pero podía observar cómo sangre brotaba de los muslos en ambas. Qué me habrían hecho y por qué no habría despertado antes, mientras infligían el dolor, era algo que no me explicaba.

Hice lo único que se me ocurrió, comencé a gritar pidiendo ayuda, pero incluso mi voz resultaba deficiente, afectada probablemente por la falta de agua. No me importó, continué gritando por un largo rato. Llegó la noche después de algunas horas y el frío comenzó a recorrerme. El aire hacía daño a mis piernas y manos lastimadas, pero no importaba porque como quiera al poco tiempo comencé a perder la sensación de ambas. Me quedé dormido, por increíble que parezca bajo las circunstancias, y al despertar un hombre me observaba con gran sorpresa. Cuando abrí los ojos retrocedió, quizá pensó que estaba muerto. – Gracias –, fue lo único que contesté mientras el desconocido se apresuraba a soltar mis manos, piernas y torso, de sus respectivas cadenas. Al soltarme el hombre con gran esfuerzo tuvo que cargarme, siendo que aún no tenía movilidad ni en piernas ni brazos. Me dirigió a su carro, donde me colocó en el asiento del copiloto. ¡Qué noble gesto! Pensaba yo, sobre todo tratándose de extraños. – Por primera vez doy gracias de que existan las personas – dije yo con aire soberbio, pensaría él, pero lo decía con gran sinceridad.

Me preguntó si no deseaba dormir un rato, siendo que, con mis heridas, él consideraba que necesitaba descanso. Le dije que no deseaba tal cosa, quería estar consciente de todo lo que sucediera de ahora en adelante, quería agradecer a cualquier persona que me ayudara, ya fuera él o los doctores que prontamente me estarían atendiendo. El hombre asintió con la cabeza, estaba pendiente al volante, probablemente se encontraba nervioso y no deseaba mirar mis heridas. Yo, al pensar aquello, decidí observar mis manos. Lo cierto es que ya nada me dolía, pero necesitaba saber qué había pasado con cada parte de mi cuerpo. Mi mirada se espantó internamente de la imagen que le presenté. Las palmas de mis manos estaban repletas de sangre oscura y ya seca. Aunque creí que sólo había sangre seca, al moverlas, nuevos chorros comenzaron a brotar, decidí mejor quedarme inmóvil y hablar con el conductor para distraerme.

Le di las gracias infinitamente por múltiples ocasiones y después de esto le pregunté acerca de su vida. Él dijo que en vista de las circunstancias prefería escuchar un poco de mi vida. Le conté que vivía solo y que me habían secuestrado cuando me dirigía a mi trabajo como asistente del editor en jefe de la revista Efemérides. Supuestamente ese día recibiríamos a varios candidatos para cierto puesto en la revista, le dije, también mencioné que como quiera estaba seguro que mi jefe se habría podido encargar de todo de manera magistral, como siempre.

El hombre me preguntó si tenía idea de por qué me habían secuestrado y dejado solo de forma tan horrible en un bosque. Le dije que no encontraba motivo alguno, pero que quizá sólo se debiera a que querían mi carro. Después pasé a explicarle algunas características del mismo, le dije que ya era viejo, decadente y pequeño; sin mencionar sucio. Quizá por eso me habían dejado así en el bosque, porque se subieron y dieron cuenta de que el carro estaba en pésimas condiciones y sólo los había hecho perder su tiempo.

En esta inútil comedia no lograba comprender a mi salvador. Entiendo que las personas no quieren bromear acerca de secuestros, pero ¿acaso no se lo pueden permitir ni siquiera a la víctima? Yo lo miraba expectante, quería descubrir qué pensaba, pero él ni una mirada me dirigía, se enfocaba en observar el camino. En ese momento me percaté de que incluso desconocía la identidad del conductor, ni su nombre me había proporcionado. Fue entonces que emití aquella interrogante, el hombre me miró por primera vez y dijo que yo no querría saberlo. Me volví más insistente, pero él simplemente se limitaba a negar con la cabeza. Con rabia le exigí su nombre, pero una y otra vez él negaba y negaba en silencio. Le mostré mi mano, le dije que me lo debía, entonces él tomó un suspiro, miró de nuevo hacia el frente y simplemente emitió aquellas palabras – ¿No te das cuenta de que soy Noel? –.

El recuerdo me atiborró el pensamiento y sin otra elección, ante el descubrimiento de la verdad, ante la certeza de que era mi hermano fallecido el que conducía el automóvil y me había salvado, desperté aún atado al árbol y sin ninguna esperanza de salvación.

Publicado originalmente el 4 de julio de 2015. Nota de archivo

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Decisión unánime

Quiero quererte

El guardagujas