Los privilegios de la soledad
Fotografía por Annie Spratt vía Unsplash.
Por Fanny Esquivel.
La mejor literatura es aquella que explora a fondo los aspectos de la vida y el ser humano, pues expande los horizontes de lo posible, lo permisible y lo bello. La reflexión íntegra sobre lo que nos rodea y constituye abre las puertas a un panorama de perspectivas, escenarios y personajes que cuestionan todo aquello que se da por hecho. Al hacerlo, enfrenta al ser humano con sus terrores más primarios, sus deseos más íntimos y sus dudas existenciales. Es por eso que las grandes preguntas, aquellas que acosan y atraen a la humanidad, son las que avivan la llama creativa de los mejores escritores. Cuando, por ejemplo, se habla de la soledad, La Muerte en Venecia del escritor Thomas Mann debería considerarse una lectura obligatoria para explorar sus elementos constitutivos y los privilegios que dispensa, aunque no esté en todos aceptarlos o valorarlos.
La soledad es una apuesta. El individuo que la acepta intuye que al hacerlo enfrenta también la posibilidad de que lo embarguen sentimientos de insipidez, atrapado en los mismos pensamientos, privado de las opiniones ajenas y la perspectiva de los demás. Al principio de la novela, Aschenbach teme pasar el verano en las montañas, “alone in that little house with the maidservant who prepared the food for him and the manservant who served it; he feared the familiar sight of the mountains and steep cliffs that would surround his listless dullness” (Mann 5). La soledad y la monotonía son una fórmula catastrófica que produce en el individuo la sensación de repetir un hábito por el simple hecho de hacerlo, atrapado en el paso del tiempo y esperando solamente la llegada inevitable de la muerte.
Cuando decide de improviso ir a Venecia, la soledad y la novedad de lo inusual lo llenan de energía y expectativas. No obstante, si el individuo consigue emprender la aventura solitaria de lo desconocido, lo que obtiene es el sabor agridulce de la experiencia humana: por un lado gana conocimiento, pero por otro pierde la comodidad del hombre encerrado en sus convicciones mundanas. Cuando descubre la complejidad de sus propios deseos, cada minuto se convierte en una conversación consigo mismo. De este diálogo resulta la pérdida de la inhibición: “Otherwise he jested to himself about his comically holy terror. […] He played, raved, and was much too proud to be afraid of a feeling” (Mann 37).
La pérdida de la inhibición es una respuesta a la feroz voz de los demonios internos, los cuales se nutren de los prejuicios y la censura de la sociedad. Cuando el individuo se desinhibe, desafía las expectativas de los demás. Su desafío lo conduce a lugares desconocidos de su personalidad y lo incita a experimentar con los límites: “Loneliness, foreignness, and the excitement of a late and deep rapture enticed him to allow himself to do even the most bizarre things without blushing or feeling shame” (Mann 44). Se agudizan los sentidos y se cuestiona el maniqueísmo moral. Cuando el individuo rechaza la simplificación del mundo y el alma, experimenta momentos de intenso extrañamiento y abstracción, porque liberarse de las cadenas de los dogmas es caer en el vacío de la incertidumbre.
El impacto que le provoca la belleza de Tadzio le proporciona momentos de paz, felicidad y deleite: “Ancient feelings, early and delightful needs of his heart that had withered in the austere duty of his life and now returned miraculously transformed” (38). Por otro lado, el deseo que le provoca el cuerpo del muchacho lo somete a pesadillas de fuerte carga sexual en el que los seguidores de Dionisio, el dios del desenfreno y el placer, son manifestaciones de su atormentada mente: “Indeed, they were him, when they killed the animals and ate the still tepid flesh raw, when they copulated on the mossy ground to honor their god. And his soul tasted fornication and the fury of downfall” (Mann 53). Esta confrontación de sensaciones demuestra la naturaleza contradictoria del ser humano, pues aquello que le proporciona felicidad también lo agobia. Esta experiencia es tan personal que sólo puede ser entendida por el que la sufre. El artista se embriaga en las fantasías de su mente, rotos los límites que marca la decencia o el decoro: “Because how can someone be a good teacher when he has an inborn drive toward the abyss?” (Mann 57)
Todos estos atributos de la soledad —pérdida de la inhibición, diálogo con uno mismo, abstracción de la realidad, agudización de los sentidos— favorecen la creatividad, “the original, the daringly and the otherworldy beautiful, the poem. But it also favors the wrongful, the extreme, the absurd, and the forbidden” (Mann 19). Es la imagen idealizada de Tadzio la que motiva a Aschenbach: los atributos de pureza y divinidad que le confiere lo inspiran a materializar en su figura el ideal de Belleza, reafirmando su convicción de la trascendencia a través del Arte:
“He wanted to work in the presence of Tadzio, […] to carry his beauty into the intellectual […]. Never had the joy of words seemed sweeter to him, never had he been so conscious of Eros being in the words as he, in full sight of his idol and under his canvas, worked on his little treatise”. (Mann 36).
El muchacho nunca intercambia más de dos palabras con él, pero el poder artístico y el potencial de Tadzio como símbolo son valorados por Aschenbach; es él quien fortalece y vuelve a su figura algo más que un cuerpo bello. Su fuerza se desmoronaría con una interacción física en el que lo concreto manchara lo abstracto. El verdadero mérito está en el especialista que, en soledad, sopesa lo que sus sentidos reciben y lo interpreta, lo eleva al lugar que merece: “The severe and pure will that, working behind the scenes, had been able to bring this divine sculpture into being—was it not known to him, the artist?” (Mann 34).
El final de la novela es la culminación de las reflexiones de Aschenbach, que ha descendido a un estado febril de cansada agitación. La intensa actividad mental ha reducido su cuerpo, pero ha derivado en profundas reflexiones sobre la naturaleza del artista y la atracción del abismo. Por eso, resulta mucho más chocante lo mundana que es su muerte: “Several minutes passed before help arrived for him, who had fallen over sideways in his chair. He was carried to his room. And on the very same day a respectfully shocked world received the news of his death” (Mann 58). La imagen del cuerpo frágil y decrépito en la gran playa contrasta con todo lo que ha vivido durante su semana en Venecia y con la intensidad de sus emociones.
La inquietud de su alma culmina con la tranquilidad de la muerte y la indiferencia de la naturaleza. En el mar, especialmente, el artista encuentra el recordatorio de la inmensidad que lo rodea, la insignificancia de su cuerpo: “He loved the ocean for important reasons: out of the desire for tranquility harbored by the hard-working artists, who seeks to conceal himself from the multitude of possibilities by embracing the simple and immense” (Mann 24). Lo que sobrevive son su mente, sus reflexiones y su batalla contra la ignorancia de sus propios anhelos. Estas reflexiones no habrían podido crearse sin el escenario específico de la soledad, en la que el artista es capaz de crear, cuestionarse y dar rienda suelta a discusiones consigo mismo.
La soledad, en conclusión, carga el estigma de ser una condena, un castigo o una actitud pretenciosa. En realidad, la soledad nos recuerda que nacemos y vivimos solos, que lo que en realidad despreciamos es el diálogo que surge cuando las distracciones desaparecen y nos encaramos con nosotros mismos. De esta soledad, si se le añade la disposición a lo inusual y la introspección, brota la llama creativa que alberga la posibilidad de trascender y apreciar el mundo como un caleidoscopio de posibilidades. Pero entre más alto el individuo vuele, en su intento por conocerse a sí mismo, más dolorosa resulta la caída. La soledad no hace del hombre más o menos desdichado: sólo lo hace consciente de su potencial como individuo por la complejidad que alberga en su interior. La soledad ayuda a que el individuo tome las cosas con otra perspectiva y proporciona el tiempo necesario para reflexionar sobre su vida. Son esas reflexiones las que confieren sentido a existir. La existencia se vuelve más intensa, más dolorosa, pero más valiosa.
Bibliografía
Mann, Thomas. Death in Venice. New York: Harper Perennial, 1997. Impreso.
Publicado originalmente el 18 de mayo de 2015. Nota de archivo

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