Los ojos de la pantalla rota
Foto de Hanna Postova vía Unsplash.
Por Regina Lopez Puerta.
Para él fue muy extraño que lo encontraran de esa manera. Desangrándose en el piso de un cuarto ajeno con los gestos irreconocibles y el celular de un hombre muerto en la mano. Tenía la nariz como una trompa de elefante, cuatro costillas rotas, múltiples fracturas en el cráneo y una mancha de semen fresco empapando sus pantalones. A pesar de la deformidad de sus facciones, había algo en su expresión que se podía interpretar como si él hubiera comprendido algo que nadie más sabía. Ese detalle hacía que la escena siniestra tuviera, extrañamente, un aura angelical.
Hasta los trece años, su vida había transcurrido sin mayor alteración. Iba tranquilamente a la escuela, comía en su casa, y a las cinco se juntaba con los otros niños del barrio. Su vida no era muy diferente a la de los demás. Obviamente, había tenido problemas como todos. Su madre murió durante el parto así que nunca llegó a conocerla. Se quedó bajo el cuidado de su padre, que era un hombre duro y casi nunca le mostraba gestos de afecto. Lo educaban sus abuelas bajo las creencias de la Santa Iglesia Católica, y en su hogar no tenía ni un momento en el que no estuviera rezando el rosario o siendo reprimido por su comportamiento “indecoroso”.
Algunos de los niños con los que se juntaba la tenían peor. Por ejemplo, El Nati desde pequeño tenía que atender la miscelánea de la esquina para poder completar los gastos de su casa. Como estaba ubicada justo en la orilla de la carretera a Súchil, los asaltos ahí eran muy frecuentes. Así que el pobre niño se llevaba sustos cada tercer día.
Las cosas se le habían complicado más desde que regresó solo del rancho de los Herrera Soto. En ese momento nadie tenía idea de lo que pasó ahí, salió junto con su hermano mayor y sus padres, pero fue el único que volvió. El único rastro que regresó con él fue una mancha de sangre en su camiseta. Llevaba tres semanas viviendo con su abuela demente cuando la policía municipal reveló los hechos.
Su padre, Miguel Blanco, llevó a la familia al rancho de los Herrera Soto con la excusa de que le habían dado la oportunidad de trabajar ahí, así que podría mostrarles en dónde vivirían pronto. En algún punto, los dirigió a una cueva donde en un abrir y cerrar de ojos, sacó un cuchillo y comenzó a apuñalar frenéticamente a su esposa. Después de matarla con once puñaladas, el hombre se tornó hacia su hijo mayor para hacer lo mismo. En ese momento, el menor de la familia, Natividad Blanco, aprovechó para huir de la escena. Después de asesinar a su hijo mayor y no encontrar al menor, Miguel Blanco se quitó la vida con un corte limpio en la yugular.
El punto es que la vida de Pablo, Pablito para sus maestras, tías y abuelas, era perfectamente normal hasta que se enredó con el Nati. Hacía calor ese día. No era infernal, pero sí bastante incómodo estar en las canchas de básquetbol frente a la escuela. En lugar de jugar ahí, se sentaron a comer paletas de hielo en las escaleras de la ferretería local.
Al principio se la pasaron muy bien. Sin embargo, al cabo de una hora comenzaron a desesperarse. Las bromas infantiles se volvieron más pesadas, y hacían tanto ruido, que molestaron a la dependienta de la tienda. En algún momento, perdidos entre los golpes y las bromas, el Nati sacó un celular roto. Probablemente era el que había dejado atrás su padre, y se sentó en las escaleras otra vez.
Poco a poco los niños, picados por la curiosidad, comenzaron a calmarse y a acercarse. El Nati, aunque nadie lo dijera, les causaba un montón de intriga a todos después del incidente. Pablo fue el último en unirse al grupo, pero quizás ahora sabemos que ese momento fue la cúspide de su vida. Su mirada inmediatamente se desvió a los enormes senos de la mujer que saltaba de arriba a abajo sobre el cuerpo de un hombre invisible. Atravesó la pantalla rota del viejo celular y se dio cuenta de que era él quién estaba debajo de la mujer. Mientras la penetraba, las perfectas uñas rojas se clavaron en su espalda, arrancándole de golpe los restos de su infancia. Sintió los gimoteos rozar sus oídos y se perdió en una selva de placer. Abrió los ojos, y se conectó con la mirada más incomprensible que había visto jamás. Unos ojos sumisos se le entregaban sin costo alguno.
Cuando el video terminó, no pudo regresar a los escalones de la ferretería. Para el resto de los niños, los días transcurrieron en esa cotidianidad a la que estaban acostumbrados.
Esa misma noche Pablo visitó a la mujer del video, y volvieron a hacer el amor una y otra vez. Cada vez, se le entregaba de la manera en que él quisiera. No conocía su nombre, pero comenzó a llamarla Blanca, Dorada, Etérea, Perfecta.
A sus trece años, sin conocer nada del amor, Pablo se aferró a él.
Procuró vivirlo en la privacidad. La amaba en las noches a la hora en que nadie escucha nada. Escondido en su cuarto, silencioso. Día tras día el paso del tiempo se acumulaba en sus manos. Tuvo trece, quince, veinte y treinta años en simples semanas.
Las tareas se le volvían eternas, los comentarios de sus amigos, insignificantes. La melancolía se apoderaba de él siempre que no era de noche. Comprendió que nada tenía más sentido que ella. Todas las personas le exigían pedazos de él. Le pedían disciplina, esfuerzo, falsedades. Lo consumían lentamente, mientras que ella lo hacía sentirse él, de nuevo.
La vida se volvió un sueño tedioso. Sus sueños eran más reales que la realidad. Nunca alguien había sido más afortunado que Pablo, o al menos eso sentía él. ¿Quién más tenía el derecho de vivir en un universo de su propia creación, enredado en un amor perfecto?
A pesar de lo que sentía, un pequeño miedo, comenzó a penetrar en su cabeza. ¿Qué si olvidaba su cara? ¿Si olvidaba sus sonidos, y el color de su piel? ¿Y, si mientras estaba en su vida cotidiana, quedaba atrapado y no podía regresar a ella?
A veces, cuando la veía, no sabía si sus ojos eran cafés o azules. El pánico en esos momentos le impedía seguir amándola como lo había estado haciendo. Aunque por el momento, sólo era el color de sus ojos, temía acabar follando un manchón color carne en lugar de hacerle el amor a la bellísima mujer.
Su miedo crecía más rápido que él. Lo asfixiaba a momentos y de vez en cuando le corrían lágrimas, aunque no estuviera pensando en que algún día dejaría de verla por completo. Ansioso por una solución, decidió robar el celular del papá del Nati durante el primer día de clases. No necesitó mucha planeación. En el pueblo las casas estaban abiertas casi siempre y Pablo conocía muy bien las rutinas de la gente. A las 8:00 de la mañana, cuando empezaron las clases en la escuela, Pablo ya estaba dentro del cuarto del Nati abriendo y cerrando cajones. La abuela lo había visto, pero no le importó mucho, siempre decía incoherencias y sabía que nadie le iba a hacer caso.
Dio con el celular abajo del colchón de la cama y las manos le temblaron de la emoción. Debatió durante cortos instantes si verla ahí o esperarse hasta llegar a casa, pero el instinto pudo más. Prendió el celular y la buscó como mejor recordaba. Tardó en encontrarla entre las trazas del hombre muerto, asqueado al pensar que alguna vez estuvo con ella también.
Intentó hacer a un lado esas ideas y concentrarse en su belleza. Se dejó llevar por su hechizo. Sintió sus primeras caricias cruzando el cuerpo mientras se tranquilizaba, sabiendo que ya no podría olvidarla jamás. Descubrió nuevos ángulos y curvas no solo en la figura de ella, sino que también en la suya. Conocerla implicaba la exploración más personal que había tenido hasta ese momento.
Pablo no escuchó la puerta del cuarto, ni sintió cuando otro cuerpo se abalanzó sobre él hecho una furia. El Nati tampoco sintió a Pablo, creo que ni siquiera sabía que era él.
No era más que pasión. La imagen frente a él, de un extraño tomando el recuerdo más íntimo de su padre para darse placer, se selló como un fierro caliente en su memoria. Continuó golpeándolo con la cabeza nublada. Su tacto se volvió torpe, y los dos se convirtieron en una pulpa caliente de sangre y sudor y llanto y angustia. Los momentos pasaban sin un orden coherente mientras hervían en dolor. El Nati destrozaba una y otra vez el cuerpo de Pablo. Lo hacía por su familia, por el horror de la cueva. Porque no se lo llevaron junto a todos.
Debajo de él no estaba Pablo, era un bulto de sus penas que debía desaparecer de la faz de la tierra. Las escenas de la cueva, los gritos de su hermano, el rostro paralizado de su madre, revivían una y otra vez con los golpes que El Nati lanzaba al blando cuerpo. Pablo perdió el sentido del tiempo y llegó a ese punto en el que desaparece el dolor. Su cuerpo seguía dormido, abrazado de aquella mujer que tanto anhelaba.
En algún momento, sintió un peso levantarse de sus hombros, no supo si era miedo o el Nati, pero supo que todo había terminado. Un último clímax le recorrió el cuerpo mientras navegaba en la certeza de que sus trece años habían sido suficientes para revelarle su propósito en la vida. Mientras una mezcla de sangre y semen calentaban su ropa, los ojos de la chica del vídeo lo arroparon. Su ternura en ese mar de azul se dejó beber por él en su mayor momento de libertad.

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